No lo podría haber dicho mejor, ¿o sí?

“Barcelona parecía un buen lugar para dos periodistas ingenuos con aspiraciones literarias que creían en las posibilidades de sus currículums pero no para dos periodistas aspirantes con un hijo. J y yo habíamos llegado a la revista Lateral a trabajar primero por nada y luego por poco. Pero estábamos contentos de poder dedicarnos a lo nuestro luego de una temporada trabajando en alguno de esos empleos inventados para explotar inmigrantes sin papeles. No habíamos venido en cayuco pero nuestro estatus de estudiantes extranjeros nos ponía directamente en el más bajo escalafón laboral.

Aquí a nadie le importa lo que hayas hecho antes en algún lugar del hemisferio sur. De nada te valdrán tus libritos autopublicados. Ni ese máster de nombre rimbombante que viniste a hacer. De nada te servirá decir que publicaste en los medios más importantes de tu país y que ganaste un premio.

Por eso terminarás trabajando gratis como el becario más viejo que se haya conocido. La base tres no es precisamente una lustrosa pista de despegue.

Súmale a eso que en esta ciudad se habla catalán y los catalanes quieren que les hablemos en su lengua, aunque ellos sean perfectamente bilingües, por lo tanto suelen sobre todo ofrecer buenos empleos a la gente que lo habla. Los catalanes son súper simpáticos en muchas cosas pero con el tema de la lengua son unos pesados.

Y aunque no tengas ni idea de cómo se hace, intentarás ganar dinero con el boyante mundo de la restauración, o sea como camarero sirviendo paella marinera. Colaborarás, con los especuladores de la burbuja inmobiliaria vendiendo pisos de ancianitas desahuciadas. Repartirás correo comercial de puerta en puerta arriesgándote a ser mordido por un perro feroz o serás una voz al teléfono vendiendo lo que sea.

Lo bueno de Barcelona es que existe una graciosa fiesta en la que la gente intercambia libros por rosas. Es una especie de día de los enamorados pero en lugar de ir al cine las parejas se van de compras a una librería. Eso te da la sensación –no siempre correcta- de que estás rodeado de gente sensible y culta. Aquí los quiscos rebosantes de periódicos y revistas de la Rambla parecen los estantes de los supermercados. La gente lee en el metro aunque luego te das cuenta de que leen a Coelho y Dan Brown. Aquí el equipo de fútbol local siempre gana. Y, quieras o no, ese espíritu ganador se contagia.

Quizá por todo eso era agradable dejarse explotar por una publicación literaria hecha por gente tan divertida e ilustrada como el director de Lateral, Mihály Dés, un intelectual judío nacido en Hungría y radicado hacía muchos años en España; y por su jefe de redacción, Robert Juan-Cantavella, el jefe más joven rockero y guapo que uno soñaría tener. Mihály se hizo empresario para gestionarse el sueño de la revista independiente y había hecho hasta lo imposible por mantenerse a flote durante once años, pero las deudas la habían terminado de hundir. Al menos, justo antes de que enterrara el pico, habíamos conseguido que Lateral nos hiciera a J y a mí nuestro primer contrato de trabajo en España, aprovechando la regularización masiva de inmigrantes que hizo el gobierno. Así que habíamos cambiado nuestro estatus de estudiantes a residentes con trabajo legal. Pero teníamos que conseguir otro trabajo cuantos antes o perderíamos nuestra precaria legalidad.

¿Qué haríamos con un hijo fuera del Perú? ¿Lo vestiríamos con ropa del contenedor, lo haríamos vivir con cinco estudiantes borrachos, le sacaríamos su carné del Barça? Seguro le diríamos que el trabajo no dignifica al hombre. Le enseñaríamos a no tomar taxis porque son muy caros y a montar bicicleta bajo la lluvia. Lo llevaríamos los domingos a Ikea. O mucho mejor, lo prepararíamos para recoger una vez a la semana de la basura electrodomésticos casi nuevos. Le compraríamos ropa en Humana, esa cadena de trapos de segunda reciclados por gente que respeta el medio ambiente. Lo llevaríamos a hacer las compras de la semana al Día, ese supermercado decadente en el que chocan sus carritos en el mismo pasillo indigentes, ocupas y jubilados desatendidos. Y si todo eso no lo convenciera le diríamos que siempre podrá beber café y comer cruasanes hojeando El País en una terraza llena y acariciada por el sol del medio día, a la hora en que otros se rompen el lomo. Y que lea a Henry Miller. Hijo mío: Europa es el mejor lugar para que un latinoamericano se muera de hambre y beba buen vino. Bienvenido.”

Gabriela Wiener, Nueve Lunas.

Esta escritora y periodista peruana no lo podía haber descrito mejor. 

Desde que leí este fragmento, no he parado de mostrarlo a quien se me pase por delante. Mi compañera de piso debe estar hasta los cojones de mis hallazgos “iluminados” en mis lecturas. Por eso decidí pasarme unos minutos transcribiendo ésto, para poder postearlo y que la pobre no tenga que volver a escucharme leérselo a una nueva visita. A partir de ahora los remitiré a mi blog. Y si hay confianza, a mi tumblr.

Ahora bien, cualquier parecido con la realidad, de lo que ese texto dice, es pura coincidencia. Pues no. No soy la única que he visto gran parte de mi realidad reflejada en esas líneas. Emigrar es de verdad comenzar de cero, aunque previamente no hayas llegado ni al cuatro. Nada de lo que has hecho existe en tu nuevo mundo. NADA. 

A parte de la sensación de espejo, en este momento estoy pasando por una etapa bien extraña en mi existencia, la que se refleja en el miedo que me da sentir que he perdido 25 años de mi vida. Este texto, entre tantos otros que estoy leyendo intercaladamente, me hace revolver viejas inseguridades y reafirmar viejas certezas.

Decir que yo no lo podría haber dicho mejor que Wiener es un acto de menosprecio a mi misma. Yo sí lo podría haber dicho mejor, con mi voz, la cuestión está en hacerlo. Cosa que lamentablemente no he hecho, en casi un año. Decir, decir, decir, ¿qué otra cosa puede hacer un escritor?

Tormenta en mi cabeza sobre ésto, y que quede claro que no son nuevas doctrinas para mi:

1.- La de la vena escritora. En este tema no quiero entrar aún, porque no lo tengo claro. Es decir, aún lo estoy trabajando conmigo misma. Dame chance, Adriana!

2.- No por haber leído “Rayuela” o “Ficciones” eres un intelectual o un literato. Malas concepciones de la juventud. Entiendan, no hay nada más cierto que lo que dijo Kundera: La literatura es larga y la vida es corta. Si ya pasaste por Cortázar y por Borges, sigue, todavía te queda muchísimo camino (ni sabes cuanto).

3.- NUNCA DEJES DE LEER, POR DIOS! A no ser que sea Brown o Coelho. Sólo he leído un libro de cada en mi vida. Me excuso en que si no sería como criticar una película sin haberla visto.

4.- NUNCA DEJES DE ESCRIBIR. Tampoco ahondaré en éste tema, pero sabemos que la mano se puede atrofiar, y a no ser que te entren ganas de vomitar (como a mi ahora) no la levantarás del regazo.

5.- Es difícil no macharcarse por el pasado, pero por lo menos haz lo posible por enmendar y no repetir.

Yo tengo que parar de escribir (en esta ventana por lo menos), porque esto no es ensayo ni literario ni nada. Mejor me voy al papel y pongo un poco de orden a lo que me está ocurriendo. Hasta aquí dejo el pastiche ininteligible que no tiene sentido más que para mi.

Disculpa pido a los lectores.

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